Addiction

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 La vida me ha llevado dos veces a Florencia. Adoro esa ciudad. Pasear entre sus callejuelas y encontrarte una mole de mármol verde que alberga una de las catedrales más impactantes del mundo, visitar sus palacios, quedar absorbido por sus inmensos jardines, cruzar el Ponte Vecchio respirando el mismo aroma que sentían en el Renacimiento cinco siglos atrás. Te dejas arrastrar por una sensación donde sientes la belleza por cada uno de los poros de tu piel, es sensación, es sentidos, es belleza demencialmente enorme. No sé si volveré, la vida te pone muchas respuestas allí donde creías que había preguntas, pero lo que seguro que sé es que si vuelvo me dejaré llevar por el mismo aire, vivido de otra manera, seguro, vivido en ese momento, espero con alguien que me sepa entender como lo hizo ella la primera vez, como yo mismo entendí cuando volví solo. Un aire que te prepara para algo más grande, algo que difícil dejas de olvidar porque no quieres olvidar, incluso ahora recordándolo se humedecen mis ojos, algo que debe ser mano de algo que nos supera, de la belleza extrema, de la perfección en el centro del mundo imperfecto. Como si de un rio de agua suave se tratara te dejas llevar por sus adoquinadas calles embriagándote de aquello que sabes que te espera, la ciudad te va preparando para dejar al final entrar en aquella pequeña academia donde verlo de cerca hace que sientas la necesidad de pedir perdón por ser imperfecto, de mirar con humildad su enormidad, su adorable envoltura, su estar. Visitar el David de Michelangelo es el punto final a un momento que recuerdas siempre, sentado a sus pies viendo como una pieza de mármol parece que se va a bajar de su pedestal, como quieres no reconocer que crees que corre sangre por sus venas.

Sentado allí, no queriendo marchar, no queriendo no dejarte llevar por la emoción, ves escuchas, hueles, sientes como la gente le tiene un respeto y admiración por igual. Allí no había razas, géneros, religiones, sólo admiración por el arte. Y es allí donde recuerdas unas palabras que se le atribuyen al mismo Michelangelo, “Yo no cree el David, él ya estaba en el bloque de mármol, simplemente retiré lo que sobraba”. En aquel momento pensé en la humildad del escultor, en cómo alguien pudiera crear con sus manos aquella explosión de sentimientos y dijera que sólo había quitado lo que sobraba.

Y no dejas de sorprenderte cuando miras hacia otro lado y ves que la respuesta es otra, es ese momento que escuchas música por la piel, que recuerdas unos ojos que no quieres olvidar, que sabes que hay magia en algún sitio cuando ves que lo que decía el maestro va más allá, va tan lejos como al centro de nuestros corazones, aquellos que están tan lejos y que podemos añorar. Ya estaba allí, él ya estaba allí, sólo quitó lo que sobraba. ¿Por qué nos vemos tantas veces como un bloque de mármol sin sentido cuando somos belleza serena y extrema? ¿Qué necesitamos para darnos cuenta que somos lo mejor que nos puede pasar? ¿Qué hemos de hacer para ver el enorme ser humano que somos cada uno de nosotros? Tan simple como hizo el maestro con la piedra, quitarnos aquello que nos sobra, eliminar nuestra mochila de miedos, peros, vergüenza, esculpir nuestros límites, darnos cuenta que ese enorme peso no hace más que no dejarnos mover.

Y ¿qué es lo que hace que no podamos eliminar aquello que nos hará brillar? El apego, nuestra zona de confort, nuestra poca fuerza para dejar de dar pasos en círculo y empezar a darlos hacia adelante, nuestro miedo a arriesgar, nuestro miedo. ¿O no vemos alguna oportunidad en algo pero con una mano intentamos cogerlo pero sin soltar la otra por si acaso? Por no caer, supongo, ¿Qué pasa si caemos? Que nos volveremos a levantar y seguiremos hacia donde queramos en nuestra vida, aquella que debemos guiar nosotros y no dejarnos llevar por el río que nos arrastra tan velozmente que nos ahogará en nuestra rueda sin salida.

Ver y mirar nuestra vida, es una de las decisiones más importantes, sencillas y casi imposibles que deberíamos tomar en nuestra vida. Mirar aquello que no nos deja seguir, aquello que oprime nuestro pecho y nos deja respirar lo justo para no ahogarnos. Quizás somos de los que cometemos los mismos errores porque creemos que las consecuencias serán diferentes. Es claro que cada acción que tomemos generará una consecuencia diferente, son momentos diferentes, son personas diferentes y, por supuesto, nosotros somos diferentes. Entonces ¿por qué esa sensación que volvemos al punto de partida? Como aquella persona que sale una y otra vez de relaciones con el mismo tipo de persona y las consecuencias son las mismas, ¿Cómo es posible si cambian personas y momentos? Porque nos apegamos al mismo resultado, no nos gusta, no lo queremos pero no somos capaces de alejarnos de él. El apego. No somos adictos, simplemente no somos valientes para tener respuestas diferentes, conocemos aquello que nos hace daño pero es nuestro y lo agarramos como si fuera lo único que nos pueda pasar. Como si salir del confort doloroso que nos da la misma situación mil veces vivida nos diera un dolor nuevo. No se saldrá nunca del mismo bucle hasta que queramos que el resultado nos lleva a lo desconocido, que no deseemos lo que vemos en lo demás, no son el ideal, el ideal es aquello que deseas cuando lo tienes, aquello que te sorprende y que no quieres desprenderte, aquello que sabes que es lo que añoras sin haber sabido que existía hasta el momento que se presenta, hasta el momento que se vive.

Pero cuando lo sabes desde la piel, no porque te lo dice tu mente, sino porque lo sientes en la boca del estómago, que es hasta irracional, hasta incoherente, loco, irreverente, imposible. Que te paras un segundo a pensar en ello, en porqué es lo que quiero, porqué es lo que necesito, porqué es donde quiero estar, porqué es con quiero estar, porqué es ella y la respuesta sea tan simple como “No lo sé pero es eso lo que quiero”.

En mi humilde homenaje al genio de Caprese quisiera dejaros con una de sus sentidas reflexiones. “El mayor peligro para la mayoría de nosotros no radica en establecer unos objetivos muy altos y fracasar pronto, sino en establecerlos muy bajos y lograrlos.” No tengamos miedo a arriesgar, no hay mejor manera de encontrar aquello que nuestro corazón anhela que salir a buscarlo. Si nos ponemos límites no podremos llegar más allá y es allí donde, seguro, queremos estar. Saquemos todo aquello que hace que vayamos por la vida con una carga que no es nuestra, desapeguémonos de nuestro apego.

Salut!!!

By | 2018-05-25T10:59:41+00:00 septiembre 20th, 2015|Sin categoría|0 Comments

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