Cuento: Mi bar

Cuento: Mi bar

—Ponme un Macallan— soltó mientras desafiaba con la mirada al camarero, — ¿sabes qué? Deja la puta botella.

Marcos le aguantó la mirada y dejó la botella muy despacio. Cogió el trapo de algodón y se puso a secar vasos, como hacen en las películas. De siempre, sabe que los barmans son ciegos y sordos a todo lo que pasa en el bar pero se hartaba de las mierdas de gente que no se aguanta ni a sí mismos. Era su negocio pero le jodía ver como aquel tipo de gente creaba mal ambiente. Incluso ha llegado a decirle a algún tipo, te vendo la botella a precio de coste si te la bebes en tu casa. Bueno, de hecho poniendo adjetivos escritos desde los intestinos: la jodida botella, tu puta y asquerosa casa; ¿beber? ¿beber? Creo que fue algo así como: te vendo la jodida botella a mitad de precio si la engulles hasta el vómito en tu puta y asquerosa casa. Pero debemos estar en horario infantil. Seguro, esto está escrito y el reloj tiene la costumbre de pasar cada día por ese horario en que los niños están atentos a cualquier mierda (ups) que digamos los adultos. ¡Qué manera de engañarnos! Creemos que omitiendo según qué crecerán más sanos y listos, los convertimos en dependientes.

En fin, que me voy de la historia y ésta es la de Marcos.

Dueño de uno de los bares con más solera de la ciudad. Donde la gente va a cerrar el día después de servir al amo y no querer meterse en casa a sufrir sus “entusiastas” vidas. Es obvio que no todos van a eso, otros van a intentar ligar, a dejarse ver, a que les vean. No somos nadie sin que nos vean. No existimos si no hay alguien que sabe de nosotros. Morimos en el olvido de la memoria si no hay un recuerdo de nuestra existencia. Cuando no hay nadie, cuando miras y sólo ves cuerpos y no almas, cuando oyes en silencio sin que nadie lo rompa. Hay un momento que dejas de existir hasta para el tipo del espejo, un extraño que vive en tu casa, en tu lavabo, el que se bebe tu vida.

—Oye, ¿no ibas a hablar de mi historia?

—Vale, perdona. Que sepas que sí, que es tu historia pero la voy a contar como a mí me dé la gana.

—Lo entiendo, tú eres el escritor. Pero si vas a filosofar sobre la soledad y esas mierdas no me menciones. Yo tengo una vida muy plena.

—Ya, plena. Pena es lo que me das, todo el día metido en el bar. Eres un puto solitario rodeado de putos solitarios.

—Eh, no te pases.

—Qué te calles, voy a seguir.

Marcos seguía detrás de la barra con su trapo de algodón secando los vasos, como en las películas. Una barra poco iluminada, pequeñas luces por debajo de estanterías de cristal mostraban el colorido de las diferentes botellas, ordenadas según el licor y el valor. Escondidas, a la altura de las rodillas de Marcos, las grandes marcas para los clientes de siempre. Algunas lámparas colgaban del techo, por debajo de estanterías de madera donde reposaban los vasos (secados a mano con trapo de algodón, como en las películas), luz amarilla cálida reflejaba barra, vasos medio llenos y manos que los cogían. Las miradas quedaban en penumbra, a medio camino entre la timidez y el escondite canalla. Alguna música de fondo, incomprensible para quien sólo escucha los demonios interiores. Algunas palabras que llegan en una bruma desconocida. Alguna mano más allá de rodillas desnudas de faldas para la ocasión. Ojos que fiscalizan a quien se excita mientras se excitan.

— ¿No era mi historia?

— Qué pesado eres.

— Tú, que eres un escritor frustrado que sólo sabes adornar con cosas insulsas. Ya sigo yo.

—Pero…

—Tú bebe que ya sigo yo.

Hace cinco años que tengo el bar. Empecé poniendo copas para otros mientras seguía con mis estudios, era muy malo para los libros y demasiado genial para mezclar licores. Anduve sirviendo cócteles en diferentes locales de la ciudad y me contrataron en otras. Incluso estuve en el extranjero, conseguí algo de reputación (que me la saludaba), dinero, experiencia, idiomas y follarme a muchas nacionalidades. Quizás esto último fue lo mejor. Vivía en hostales pero me tiraba semanas sin pisarlos, muchas chicas y muchas camas. No recuerdo ni los nombres, ni las caras. Volver a dormir solo dolía, no había nadie.

Volví a casa, era el momento de establecer algo de mí. Y encontré la oportunidad de vivir detrás de mi barra, de servir de mis botellas, de limpiar mis vasos con mis trapos de algodón, como en las películas.

Y aquí soy feliz, a mi manera. Sigo durmiendo en camas calientes con clientes que no soportan dormir en frías. Relaciones de piel, de cuerpo, sin alma. Escucho, en mi trabajo sordo, lo que quieran contarme. Luego olvido por respeto, les digo, por falta de interés, sé. Ellos creen que alguien les importa y siguen viniendo. No es hipocresía, es capitalismo puro y duro. Se lo gastarían en el psicólogo, terapeuta, coach o cualquier de esas mierdas modernas y no beberían un buen gin-tonic.

Y así es como paso mi vida. Ni el escritor, que veo que empieza a estar muy borracho, ni tú que nos estás leyendo sabes como soy, ni si soy alto, bajo, gordo, flaco, joven, viejo. Te vale saber qué hace cinco años que tengo este bar, que mi polla ha estado en infinidad de agujeros (¿te lo crees?) y que hago ver que escucho a perdedores, a gente vacía de todo, a quien no sabe salir de su bucle, que sigue engullendo su mierda, a escritores que se creen interesantes si piden un Macallan o la puta botella, que viven en su mundo de mierda sintiendo superiores pensando que saben filosofar cuando hablan de barmans solitarios que secan vasos con trapos de algodón, como en las películas.

By | 2019-03-17T12:17:28+00:00 marzo 17th, 2019|Cuentos|0 Comments

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